La convocatoria a movilizaciones del 22 de abril impulsada por el Comité de Desarrollo Campesino entra en una nueva fase tras la incorporación activa de estudiantes universitarios de la Universidad de San Carlos de Guatemala, lo que eleva el alcance político de la protesta y aumenta la tensión en la capital.
Lo que inicialmente se planteó como una jornada de presión social promovida por organizaciones campesinas ha evolucionado hacia una articulación más amplia, en la que colectivos estudiantiles en resistencia se suman con demandas propias vinculadas a la crisis universitaria.
La movilización no es menor en términos logísticos. Los organizadores anunciaron que las marchas partirán desde cuatro puntos estratégicos de la ciudad —El Trébol, Periférico, Obelisco y Calle Martí— con la intención de converger en el centro, un esquema que históricamente ha derivado en bloqueos y colapso vial.
El elemento nuevo es el protagonismo estudiantil. Sectores de la USAC no solo acompañan la protesta, sino que la reconfiguran políticamente, colocando en el centro el rechazo a la continuidad de Walter Mazariegos como rector, a quien consideran producto de un proceso irregular.
A esa demanda se suman otras de carácter nacional. Las organizaciones convocantes exigen transparencia en la elección de fiscal general, políticas sobre tierra y territorio, y el fin de lo que denominan “pactos de impunidad”, ampliando el espectro de la protesta más allá del ámbito universitario.
Este cruce de agendas explica la alerta generada en autoridades y sectores productivos. La combinación de movimiento campesino organizado con estructuras estudiantiles históricamente movilizadas incrementa la capacidad de convocatoria y presión en las calles, un factor que en el pasado ha derivado en paralización parcial de la ciudad.
El contexto también pesa. La movilización coincide con el Día Internacional de la Madre Tierra, lo que añade una dimensión simbólica a las protestas, reforzando discursos vinculados a la defensa del territorio, recursos naturales y derechos sociales.El nuevo momento es claro: la protesta deja de ser una advertencia sectorial para convertirse en un frente más amplio de presión social, donde la participación estudiantil introduce un componente político más definido y eleva el potencial de impacto en la capital.

