Arévalo y Pérez evidencian la división oficialista

La crisis en la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) ha dejado de ser únicamente un conflicto universitario. Hoy se ha convertido en el reflejo más crudo de la fragilidad política del oficialismo, de sus contradicciones internas y de su incapacidad para conducir el país en momentos de alta tensión. La escalada —que ya incluye episodios de violencia y reportes de disparos— marca un punto de inflexión que evidencia que el problema ha superado el ámbito académico y se ha trasladado al corazón de la gobernabilidad nacional.

Sin embargo, lo que hoy agrava el escenario no es únicamente el origen del conflicto, sino la falta de una conducción política coherente desde el Ejecutivo y su bancada. Mientras el conflicto escala, el gobierno parece atrapado entre discursos, silencios y posiciones contradictorias.

En ese contexto, las diferencias dentro del oficialismo ya no son discretas: son evidentes y políticamente costosas. Por un lado, figuras como Samuel Pérez han optado por una postura confrontativa, incluso simbólicamente intensa, protestando con tono combativo desde Antigua Guatemala, asumiendo el rol de oposición dentro del propio poder. Su discurso, cargado de indignación, intenta capitalizar el descontento, pero también revela la ausencia de una estrategia institucional clara para resolver el conflicto.

Por otro lado, el presidente Bernardo Arévalo mantiene un silencio que, lejos de interpretarse como prudencia, comienza a leerse como desconexión política. En una crisis que exige liderazgo, la ausencia de una postura firme del Ejecutivo alimenta la percepción de desorden interno. La contradicción es evidente: mientras algunos miembros del oficialismo elevan el tono, la máxima autoridad política guarda silencio. Esa dualidad no transmite liderazgo; transmite desorientación.

El mismo Samuel Pérez, al señalar que la elección de Mazariegoses es ilegítima y que se accionará por la vía legal y política, pidió al presidente Bernardo Arévalo asumir una postura más firme frente a la crisis universitaria.

El oficialismo no solo aparece dividido, sino incapaz de traducir su discurso en soluciones concretas. La crisis de la USAC, lejos de resolverse, se profundiza, y el Congreso se convierte en un campo de confrontación sin dirección clara. Lo que debía ser una oportunidad para demostrar capacidad política, se ha transformado en una demostración de improvisación.

Esta incapacidad también tiene efectos inmediatos en otras decisiones clave. El debate sobre los subsidios al combustible, que impacta directamente en el costo de vida, ha quedado atrapado en la parálisis política. El Congreso discute, las bancadas se confrontan, y el oficialismo no logra construir consensos. En la práctica, los subsidios se han convertido en rehenes de la falta de coordinación y liderazgo.

El resultado es un escenario político cada vez más tenso. La violencia en la USAC, las diferencias dentro del oficialismo y la incapacidad para avanzar en decisiones económicas urgentes configuran un panorama preocupante. El país observa cómo quienes prometieron transformar la política tradicional terminan replicando sus peores prácticas: división interna, falta de conducción y decisiones estancadas.

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