Trump amenaza a Canadá en plena guerra comercial

La relación entre Estados Unidos y Canadá entró este lunes en un terreno todavía más hostil. Después de advertir durante el fin de semana que una guerra comercial tendría consecuencias “devastadoras” para la economía canadiense, el presidente Donald Trump dio un paso adicional: anunció que desde el 1 de enero de 2027 elevará al 50% los aranceles sobre automóviles, camiones, componentes automotrices y acero, una decisión que golpea directamente algunos de los sectores más integrados entre ambos países.

El conflicto se arrastra desde el regreso de Trump a la Casa Blanca y ha transitado por sucesivas rondas de aranceles, amenazas y negociaciones. Washington justificó inicialmente parte de su ofensiva por cuestiones relacionadas con el fentanilo, la seguridad fronteriza y los desequilibrios comerciales, antes de extender la presión hacia sectores estratégicos. Apenas la semana pasada parecía posible una salida: Estados Unidos y Canadá discutían reducir del 25% al 15% los gravámenes sobre vehículos canadienses y rebajar los aplicados al acero y aluminio. Las partes llegaron a describir el acuerdo como muy cercano.

Ese escenario se derrumbó en cuestión de días. Las negociaciones fracasaron y Washington activó el sábado aranceles del 50% sobre alrededor de US$20 mil millones en productos canadienses, mientras Ottawa anunció represalias “dólar por dólar” a partir del 8 de septiembre. El primer ministro Mark Carney acusa a Estados Unidos de haber introducido exigencias de última hora perjudiciales para los intereses económicos de su país; Washington responsabiliza a Canadá del fracaso y, por ahora, no existen señales de una reanudación inmediata del diálogo.

La respuesta de Trump ha sido aumentar todavía más la apuesta. “Si fabrican sus productos en Estados Unidos, no hay aranceles”, resumió el mandatario al anunciar la nueva ofensiva, dejando al descubierto un objetivo que trasciende la corrección de la balanza comercial: utilizar el enorme mercado estadounidense como instrumento para atraer fábricas, inversión y empleos. El mensaje hacia las compañías instaladas en Canadá es particularmente contundente: producir al norte de la frontera podría significar, desde enero, enfrentarse a una barrera del 50% para acceder al mercado estadounidense.

El automóvil convierte esa amenaza en una medida de enorme impacto. Las industrias de Estados Unidos y Canadá llevan décadas funcionando como una cadena de producción prácticamente integrada, en la que vehículos y componentes atraviesan repetidamente la frontera durante el proceso de fabricación. Elevar los aranceles al 50% amenaza con trastocar ese modelo, presionar especialmente a Ontario —corazón de la industria automotriz canadiense— y aumentar también los costos para fabricantes y consumidores estadounidenses. El acero, otro componente fundamental de esa integración industrial, quedaría sometido al mismo nivel arancelario.

La confrontación económica ha adquirido además una creciente carga política. Trump sostiene que Canadá se ha beneficiado durante demasiado tiempo de su acceso privilegiado al mercado estadounidense y ha llegado a referirse reiteradamente al vecino del norte como un eventual “estado 51”. Ottawa, por el contrario, intenta demostrar que su dependencia económica de Estados Unidos no implica aceptar condiciones que considere contrarias a su soberanía comercial. Las represalias previstas para septiembre muestran que Carney, al menos por ahora, ha optado por responder antes que retroceder.

La secuencia de apenas cinco días retrata la velocidad del deterioro: el 19 de agosto se negociaba una reducción de aranceles; el 20 las partes aseguraban estar cerca de un acuerdo; el 22 Canadá anunciaba represalias tras el fracaso de las conversaciones; y este lunes Trump amenaza con levantar una barrera del 50% sobre automóviles, camiones, autopartes y acero desde enero. Lo que parecía una dura negociación comercial comienza así a adquirir los contornos de una verdadera guerra económica entre dos países que durante décadas construyeron su prosperidad sobre la premisa opuesta: producir juntos y mantener abierta una de las fronteras comerciales más importantes del mundo.

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