El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, calificó como un “logro extraordinario” el cambio político registrado en América Latina, durante una reunión del gabinete del presidente Donald Trump celebrada en Camp David, Maryland. Según Rubio, una amplia mayoría de los gobiernos de la región mantiene actualmente posiciones favorables a Washington, un escenario que atribuyó a la estrategia hemisférica impulsada por la actual administración estadounidense.
Rubio afirmó que, por primera vez en 15 o 20 años, Estados Unidos cuenta con una mayoría de gobiernos latinoamericanos considerados aliados o dispuestos a profundizar la cooperación. El secretario de Estado ya había defendido esa lectura ante el Congreso estadounidense, donde destacó la construcción de una red de socios en áreas como seguridad, migración, combate al narcotráfico y comercio, mientras Cuba, Nicaragua y Venezuela permanecen entre los principales gobiernos enfrentados a Washington.
El mapa político regional se ha movido con especial fuerza durante 2026. Colombia protagonizó uno de los giros más significativos con la victoria de Abelardo de la Espriella, que puso fin al ciclo de gobierno de Gustavo Petro y anticipa una relación considerablemente más estrecha con Washington. A ese cambio se suma Perú, con la llegada de Keiko Fujimori a la Presidencia, además de los movimientos registrados previamente en Bolivia, Honduras y Chile, configurando un escenario regional muy diferente al que existía cuando Trump regresó a la Casa Blanca.
Guatemala ofrece un caso más contradictorio dentro del mapa que celebra Rubio. Aunque el Gobierno de Bernardo Arévalo no comparte el perfil conservador de varios de los nuevos gobiernos latinoamericanos, su administración ha mantenido un marcado acercamiento con Washington, incluso bajo Trump. Comercio, migración, seguridad, lucha contra el narcotráfico y cooperación militar han ampliado una agenda bilateral en la que Guatemala ha mostrado pocas señales públicas de distanciamiento frente a las prioridades estadounidenses.
La relación resulta especialmente significativa porque Arévalo llegó al poder con una imagen política distinta a la que hoy domina buena parte de la región. Sin embargo, el pragmatismo ha pesado más que las diferencias ideológicas: Guatemala ha buscado preservar condiciones favorables de acceso al mercado estadounidense, reforzado la coordinación migratoria y de seguridad y profundizado los vínculos militares. En ese sentido, el país también encaja en el escenario favorable descrito por Rubio, no por un giro electoral hacia la derecha, sino por un alineamiento creciente con los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Para Washington, esta transformación regional ofrece además una oportunidad para recuperar terreno frente a China, que durante las últimas dos décadas amplió significativamente su presencia comercial, financiera y diplomática en América Latina. La seguridad ocupa otro lugar central: Estados Unidos busca profundizar la cooperación contra el narcotráfico y el crimen organizado, reforzar la seguridad marítima y contener los flujos migratorios irregulares, aprovechando un contexto político que considera excepcionalmente favorable.
Las palabras de Rubio reflejan así algo más que una sucesión de victorias electorales conservadoras. Washington percibe una recomposición de fuerzas que vuelve a colocar buena parte de América Latina dentro de su órbita estratégica, ya sea por afinidad ideológica, como ocurre con varios de los nuevos gobiernos, o por pragmatismo político y económico, como en el caso guatemalteco. El desafío para los países de la región será determinar hasta dónde esa cercanía se traduce en beneficios recíprocos y dónde comienza un alineamiento condicionado por las prioridades estadounidenses.

