Diez días después de la segunda vuelta presidencial celebrada el pasado 7 de junio, Keiko Fujimori se encuentra cada vez más cerca de alcanzar la presidencia de Perú, en una elección que vuelve a evidenciar la profunda polarización política que atraviesa el país sudamericano. Con más del 99 % de las actas revisadas, la candidata de Fuerza Popular mantiene una ventaja superior a los 36 mil votos sobre Roberto Sánchez, mientras las autoridades electorales continúan resolviendo las últimas observaciones antes de la proclamación oficial.
Los datos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) muestran una ventaja sostenida de Fujimori, impulsada en parte por el voto emitido en el extranjero. Aunque el resultado todavía no ha sido oficializado, distintos analistas y medios peruanos ya la consideran la virtual ganadora de unos comicios marcados por una diferencia mínima y por la revisión de cientos de actas observadas.
Tras tres derrotas consecutivas y más de una década buscando la presidencia, Keiko Fujimori se encuentra más cerca que nunca de conquistar el poder por la vía electoral. La líder de Fuerza Popular podría convertirse por primera vez en presidenta del país, un desenlace con una fuerte carga simbólica por el peso que conserva el apellido Fujimori en la política peruana y por los años de confrontación que han acompañado cada una de sus candidaturas.
Sin embargo, el posible triunfo no elimina los desafíos que enfrentará un eventual gobierno encabezado por Fujimori. La estrechez del resultado refleja un país prácticamente dividido en dos bloques políticos y territoriales. Mientras la candidata logró imponerse en Lima, sectores urbanos y buena parte del voto exterior, Roberto Sánchez consolidó apoyos en regiones andinas y rurales donde persiste una profunda desconfianza hacia las élites políticas tradicionales.
La elección también vuelve a poner de manifiesto la crisis de representación que ha marcado a Perú durante la última década. El país ha atravesado una sucesión de presidentes, destituciones, enfrentamientos entre poderes del Estado y episodios de inestabilidad que han erosionado la confianza ciudadana y convertido cada proceso electoral en una disputa de alta tensión.
Aunque observadores internacionales de la Organización de Estados Americanos y de la Unión Europea validaron en términos generales el desarrollo de la jornada electoral, sectores cercanos a Sánchez continúan cuestionando algunos aspectos del proceso y promoviendo recursos para revisar determinadas actas observadas. Hasta ahora, ninguna de esas acciones ha modificado de manera significativa la tendencia del escrutinio.
Para Fujimori, la victoria representaría el cierre de un largo ciclo político marcado por derrotas electorales, investigaciones judiciales y una constante exposición pública. También significaría la llegada al poder de una de las figuras más controvertidas de la política peruana contemporánea, cuya imagen sigue estrechamente vinculada al legado de su padre, el expresidente Alberto Fujimori.
Más allá de quién resulte proclamado oficialmente presidente, la elección deja una conclusión difícil de ignorar: Perú continúa dividido casi exactamente por la mitad. Si finalmente se confirma la victoria de Fujimori, el desafío ya no será ganar una elección, sino gobernar un país profundamente polarizado, donde la estabilidad dependerá de su capacidad para construir consensos en medio de una sociedad fragmentada y de una crisis política que lleva años sin resolverse.

