Israel e Irán aseguraron este lunes haber detenido los ataques cruzados que mantuvieron durante varias horas y que llevaron a Oriente Próximo a su momento de mayor tensión desde el alto el fuego alcanzado en abril. La interrupción de las hostilidades se produjo después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, instara públicamente a ambas partes a “detener inmediatamente los disparos”, en un intento por evitar una nueva escalada regional.
La jornada estuvo marcada por el lanzamiento de misiles iraníes contra territorio israelí y por posteriores ataques de Israel, en el primer intercambio directo de fuego entre ambos países desde la entrada en vigor de la tregua negociada hace dos meses. El repunte de la violencia se produjo tras un bombardeo israelí en los suburbios de Beirut, una acción que Teherán había advertido previamente que consideraba una línea roja.
Aunque tanto Jerusalén como Teherán afirmaron haber puesto fin a las operaciones militares, ninguno de los dos gobiernos dio señales de una desescalada definitiva. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, confirmó el cese de los ataques, pero advirtió que su país responderá con fuerza si Irán reanuda las acciones militares. Desde el lado iraní también se reiteró que cualquier nueva ofensiva recibirá una respuesta inmediata.
El episodio evidencia la fragilidad del acuerdo que ha mantenido relativamente contenida la confrontación en los últimos meses. Bastó una operación militar en Líbano y una posterior represalia iraní para poner nuevamente a la región al borde de un conflicto de mayores dimensiones, con el riesgo de involucrar a otros actores armados presentes en Oriente Medio.
La crisis también devolvió protagonismo a los rebeldes hutíes de Yemen, aliados de Irán, quienes reivindicaron un lanzamiento de misiles y anunciaron nuevas medidas contra embarcaciones vinculadas con Israel en el mar Rojo, una de las rutas marítimas más importantes para el comercio internacional.
Por ahora, la tregua parece mantenerse, pero el intercambio de amenazas deja claro que el cese de los ataques responde más a una pausa táctica que a una solución de fondo. La estabilidad regional continúa dependiendo de un delicado equilibrio en el que cualquier incidente puede desencadenar una nueva escalada con consecuencias imprevisibles para Oriente Próximo y para la seguridad global.

