Irán inició un amplio despliegue de seguridad para los funerales del líder supremo Alí Jamenei, fallecido al inicio de la guerra con Estados Unidos e Israel, en unas ceremonias que el régimen busca convertir en una demostración de unidad nacional y fortaleza política tras meses de conflicto. Las autoridades prevén una movilización de entre 15 y 20 millones de personas durante los homenajes, que comenzarán en Teherán y concluirán con el entierro en Mashhad, ciudad natal del ayatolá.
El féretro de Jamenei permanecerá en capilla ardiente en la Gran Mosala de Teherán, antes de recorrer distintos centros religiosos del chiismo, entre ellos Qom, y posteriormente ser trasladado al santuario del Imán Reza, uno de los lugares más sagrados para los musulmanes chiitas. Además de las multitudinarias procesiones, el programa contempla ceremonias religiosas y la participación de delegaciones oficiales de países aliados de Teherán.
Las fuerzas de seguridad desplegaron un amplio operativo con policías, miembros de la Guardia Revolucionaria y unidades paramilitares, mientras varias vías permanecerán cerradas y numerosas oficinas públicas suspenderán actividades para facilitar el desarrollo de las ceremonias. El Gobierno iraní pretende evitar incidentes como las estampidas registradas en funerales de otras figuras de alto perfil y garantizar un estricto control en medio de la tensión que persiste tras la guerra.
La despedida de Jamenei también tendrá una fuerte carga política y militar. El presidente del Parlamento iraní llamó a una asistencia masiva y afirmó que “el clamor de venganza de la nación debe resonar”, una frase que refleja el tono desafiante con el que el régimen busca encuadrar el funeral. En paralelo, el mando militar advirtió a Estados Unidos e Israel contra cualquier nuevo ataque durante el período funerario y elevó la presión en el estrecho de Ormuz, al señalar que los buques no deberán utilizar rutas marítimas que no hayan sido aprobadas por Teherán.
Analistas consideran que el funeral servirá para proyectar estabilidad en un momento en que Irán enfrenta una compleja situación económica, profundas divisiones internas y una delicada transición de liderazgo, tras la designación de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo. La magnitud del dispositivo de seguridad y la dimensión simbólica del acto convierten las exequias en una de las mayores demostraciones de fuerza del régimen desde la Revolución Islámica de 1979, mientras la comunidad internacional observa con cautela el futuro de la relación entre Teherán, Washington y Tel Aviv.

