Diego Forlán fue presentado oficialmente como nuevo entrenador de la selección de Uruguay, iniciando una etapa que busca reconstruir a la Celeste después de su decepcionante participación en el Mundial de 2026 y la salida de Marcelo Bielsa. El histórico exdelantero asumirá simultáneamente la conducción de la selección absoluta y de la Sub-20, una fórmula con la que la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) pretende conectar directamente la formación de nuevos talentos con el equipo mayor.
Forlán aseguró durante su presentación que buscará construir una competencia “sana” entre los jugadores experimentados y las nuevas generaciones, sin cerrar las puertas a futbolistas por su edad o trayectoria. El nuevo seleccionador sostuvo que observará el rendimiento de todos los uruguayos que puedan aportar y dejó abierta incluso la posibilidad de recuperar a referentes que habían quedado fuera del ciclo anterior, entre ellos Luis Suárez, aunque recalcó que las decisiones dependerán del nivel futbolístico y de las necesidades del equipo.
El regreso de Forlán tiene un fuerte componente simbólico. Como futbolista disputó 112 partidos y anotó 36 goles con Uruguay, fue elegido mejor jugador del Mundial de Sudáfrica 2010, donde la Celeste alcanzó el cuarto puesto, y formó parte del equipo campeón de la Copa América de 2011. Ahora deberá trasladar ese peso histórico al banquillo, donde su experiencia es considerablemente menor: anteriormente dirigió a Peñarol y Atenas de San Carlos.
La AUF ha colocado además la formación juvenil en el centro del nuevo proyecto. Forlán comenzará a trabajar inmediatamente con la selección Sub-20, acompañado por Santiago Espasandín y Diego Pérez como asistentes, Marco Mansulino como preparador físico, Ignacio Bordad como entrenador de arqueros y Gabriel Skrilec como videoanalista. La intención es identificar jugadores capaces de competir progresivamente por un espacio en la absoluta y reducir la separación entre las categorías juveniles y la selección principal.
El desafío será considerable porque Forlán recibe a una selección obligada a recomponerse después de un Mundial que terminó muy por debajo de las expectativas. Su condición de ídolo garantiza respaldo emocional, pero no resultados deportivos, y la apuesta de la AUF supone confiar en un entrenador con limitada trayectoria en los banquillos para dirigir una renovación generacional. El éxito de esta nueva etapa dependerá de que Forlán consiga convertir su conocimiento de la Celeste y su ascendencia sobre los futbolistas en un proyecto competitivo que combine referentes históricos con una nueva generación.

