Venezuela está vendiendo petróleo a un ritmo que su deteriorada infraestructura portuaria comienza a tener dificultades para absorber, provocando filas de tanqueros que en algunos casos esperan hasta 30 días para cargar. El cuello de botella aparece mientras Estados Unidos impulsa una rápida recuperación de la industria petrolera venezolana y aumenta la demanda internacional por su crudo, pero años de escasa inversión, fallas eléctricas y deterioro de terminales están limitando la capacidad del país para transformar ese renovado interés comercial en mayores exportaciones.
PDVSA y sus socios no han conseguido superar los 1.25 millones de barriles diarios de exportación durante los últimos meses, pese al aumento de la producción y la reducción de inventarios. La diferencia con la capacidad histórica resulta significativa. Cuando Venezuela producía más de tres millones de barriles diarios hace dos décadas, sus terminales podían despachar más de 2.5 millones y los buques completaban normalmente sus operaciones en menos de una semana. Hoy, la lentitud de las transferencias, las averías de equipos y los problemas de calidad del crudo prolongan las estadías y generan costos adicionales.
El principal punto de presión se encuentra en la terminal de Jose, en el noreste venezolano, desde donde sale alrededor del 70% de las exportaciones petroleras del país. Informes marítimos citados por Reuters registran interrupciones por fallas de equipos, cortes eléctricos y dificultades durante las operaciones de carga y descarga. Incluso Chevron, que mantiene una relación de décadas con PDVSA, estaría buscando acceso a otras instalaciones para agilizar sus embarques. La competencia por espacio se agrava porque algunos muelles continúan ocupados por buques vinculados a la etapa de sanciones y al antiguo circuito clandestino de comercialización.
La congestión adquiere mayor importancia por el giro que atraviesa el sector desde comienzos de año. El acuerdo de suministro con Estados Unidos ha permitido a comercializadoras como Trafigura y Vitol recibir y despachar más de 140 millones de barriles de crudo y combustibles venezolanos durante 2026. La mayor parte se dirige al mercado estadounidense, aunque Venezuela también ha recuperado compradores en India y Europa a medida que Washington flexibiliza las sanciones. Paralelamente, Estados Unidos impulsa un plan de reconstrucción energética valorado en US$100 mil millones, aunque hasta ahora el énfasis se ha concentrado en elevar la producción y no con la misma intensidad en rehabilitar terminales y refinerías.
Los retrasos ya están generando consecuencias comerciales. Armadores y compradores reclaman por demoras, contaminación de los cascos y problemas en la calidad del petróleo, mientras PDVSA enfrenta recargos por el tiempo adicional que los tanqueros permanecen esperando. La estatal ha planteado pagar algunos de esos costos con crudo y exige a nuevos clientes cancelar los cargamentos al momento de la entrega, sin ofrecer crédito, una fórmula que puede complicar todavía más las disputas cuando existen reclamaciones por calidad o sobrecostos.
El problema revela una contradicción central en la recuperación petrolera venezolana: aumentar la extracción no garantiza por sí solo aumentar las ventas. Tras años de deterioro y sanciones, la capacidad de almacenamiento, procesamiento y despacho se está convirtiendo en un límite tan importante como la propia producción. Si las inversiones previstas continúan concentrándose en extraer más barriles sin modernizar simultáneamente puertos, refinerías y sistemas eléctricos, Venezuela corre el riesgo de reconstruir su industria de forma desequilibrada, con petróleo disponible para vender pero insuficiente infraestructura para llevarlo con rapidez al mercado internacional.

