El presidente cubano Miguel Díaz-Canel endureció este domingo el tono frente a Estados Unidos al advertir que una eventual agresión militar contra la isla provocaría “un baño de sangre de consecuencias incalculables”, en medio de un nuevo deterioro de las relaciones entre La Habana y Washington.
La declaración ocurre después de reportes difundidos en medios estadounidenses sobre una supuesta adquisición de más de 300 drones militares por parte de Cuba a China e Irán, información que elevó la tensión en Washington por el posible uso estratégico de ese armamento en el Caribe y cerca de instalaciones estadounidenses como la base naval de Guantánamo.
Aunque Díaz-Canel evitó confirmar directamente esas versiones, sí defendió el derecho de Cuba a la “legítima defensa” y acusó a Estados Unidos de impulsar una narrativa orientada a justificar una escalada contra la isla. Paralelamente, el canciller Bruno Rodríguez calificó las acusaciones como un intento de fabricar un caso político contra La Habana.
Sin embargo, el aumento de la confrontación ocurre en medio de un escenario más complejo y contradictorio de contactos entre ambos países. En las últimas semanas, Washington y La Habana mantuvieron conversaciones discretas que incluyeron la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Cuba, uno de los movimientos diplomáticos más inusuales entre ambos gobiernos en décadas.
En paralelo, la administración de Donald Trump ofreció 100 millones de dólares en ayuda humanitaria para Cuba destinados a alimentos, medicinas y combustible, en medio de la severa crisis energética y de abastecimiento que atraviesa la isla. La propuesta estadounidense contempla que los recursos sean distribuidos directamente entre la población a través de la Iglesia Católica y organizaciones humanitarias independientes, evitando canales controlados por el Estado cubano.
La oferta fue impulsada públicamente por el secretario de Estado Marco Rubio tras reuniones sostenidas en el Vaticano con el papa León XIV y autoridades de la Santa Sede, donde Cuba y la crisis humanitaria de la isla formaron parte de las conversaciones. Washington ya había canalizado anteriormente ayuda mediante Cáritas Cuba después del huracán Melissa de 2025, un precedente que ahora busca ampliarse con un paquete mucho mayor.
Inicialmente, el gobierno cubano rechazó la propuesta y calificó el anuncio como una “fábula”. Sin embargo, días después Díaz-Canel moderó el discurso y aseguró que Cuba no pondría obstáculos si existía una “verdadera disposición” de entregar ayuda humanitaria bajo mecanismos reconocidos internacionalmente. Incluso reconoció que la experiencia de cooperación con la Iglesia Católica había sido “rica y productiva”.
El episodio refleja las contradicciones que atraviesan actualmente las relaciones entre ambos países: mientras Estados Unidos endurece la presión política, energética y judicial contra el régimen cubano, también mantiene abiertos canales de negociación y asistencia humanitaria ante el riesgo de un colapso interno en la isla.
Dentro de Cuba, las declaraciones de Díaz-Canel también responden a un contexto interno extremadamente delicado. La isla enfrenta una de las peores crisis económicas de las últimas décadas, con apagones de hasta 20 horas diarias, escasez de combustible, inflación, migración masiva y creciente malestar social. En ese escenario, el discurso de confrontación externa vuelve a funcionar como un mecanismo de cohesión política utilizado históricamente por el régimen cubano en períodos de fuerte presión doméstica.

