Costa Rica ha dado un giro significativo en su política exterior al abandonar su histórica neutralidad diplomática y alinearse con posturas más duras impulsadas por Estados Unidos, en un cambio que redefine uno de los pilares tradicionales de su identidad internacional.
El país, que abolió su ejército en 1948 y proclamó en 1983 su neutralidad perpetua, activa y no armada, ha comenzado a adoptar decisiones que lo acercan a la agenda de seguridad y política exterior promovida por el presidente estadounidense, Donald Trump.
Entre las medidas más relevantes figura la decisión de su Consejo de Seguridad Nacional de declarar como organizaciones terroristas a grupos como Hamás, Hezbolá, los hutíes y la Guardia Revolucionaria de Irán, en una acción que rompe con la tradicional cautela diplomática del país en conflictos internacionales.
Este movimiento no es aislado, sino parte de una serie de decisiones que reflejan un reposicionamiento estratégico, incluyendo el cierre de la embajada en Cuba, el fortalecimiento de relaciones con Israel y la adhesión a iniciativas regionales impulsadas por Washington, como el plan de seguridad contra el narcotráfico conocido como “Escudo de las Américas”.
Analistas citados en el debate sostienen que este viraje responde a un cambio de lógica, de una política exterior basada en principios pacifistas a una más pragmática, influida por intereses comerciales y la dependencia económica de Estados Unidos, principal socio comercial del país.
En ese contexto, el cambio no solo es diplomático, sino simbólico, porque redefine el lugar de Costa Rica en el escenario internacional, pasando de referente de neutralidad a actor alineado con una estrategia geopolítica más definida en torno a Washington.

