CAF urge a América Latina a apostar por el campo

América Latina y el Caribe enfrentan un punto de inflexión en su modelo de desarrollo: el campo reaparece como eje estratégico para destrabar el crecimiento económico, la seguridad alimentaria y la transición energética, según el informe “Raíces del futuro: el nuevo mundo rural de América Latina y el Caribe”, elaborado por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) en colaboración con El Colegio de México y la Secretaría de Economía de México.

El diagnóstico es claro. Pese a ser una región clave en la exportación de alimentos desde inicios de siglo, el mundo rural sigue rezagado en productividad, servicios y condiciones laborales, lo que limita su capacidad de aportar al desarrollo sostenible.

Las brechas son profundas. Solo el 33% de la población rural tiene acceso a servicios básicos, mientras que cerca del 70% de los trabajadores del campo opera en condiciones de informalidad, un indicador que evidencia la fragilidad estructural del sector.

El informe plantea que el problema no es de potencial, sino de inversión y enfoque. América Latina cuenta con recursos naturales, capacidad productiva y demanda internacional, pero enfrenta déficits en infraestructura, tecnología, conectividad y políticas inclusivas, factores que frenan su desarrollo rural.

En ese contexto, la propuesta apunta a una transformación integral. Reactivar el campo implica no solo aumentar la producción, sino cerrar brechas sociales, mejorar servicios y generar oportunidades para jóvenes y mujeres, sectores históricamente excluidos del desarrollo agrario.

El caso de países como México ilustra el desafío. Problemas como la tenencia de la tierra, la falta de incentivos para nuevas generaciones y las desigualdades de género en el acceso a derechos agrarios siguen condicionando el futuro del campo, pese a los avances institucionales.

El fondo del planteamiento es estratégico: el desarrollo rural ya no se concibe como un sector aislado, sino como un pilar transversal para el crecimiento regional, especialmente en un contexto global donde la producción de alimentos y la sostenibilidad adquieren mayor peso.

La lectura final es contundente: América Latina no necesita descubrir nuevos motores económicos, sino reactivar uno que ya posee, pero que continúa limitado por brechas estructurales que, de no atenderse, seguirán frenando su potencial

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