En una noche de alta tensión en Buenos Aires, Boca Juniors se impuso 0-1 a River Plate en el estadio Monumental, firmando una victoria de peso simbólico y competitivo que corta la inercia del equipo local y reconfigura el panorama del torneo argentino.
El partido se definió por un detalle clave. Un penal convertido por Leandro Paredes antes del descanso bastó para inclinar el Superclásico, en una jugada revisada por el VAR tras una mano dentro del área, que terminó siendo determinante en un duelo marcado por la fricción y la escasez de ocasiones claras.
El desarrollo reflejó un choque más táctico que vistoso. River comenzó con mayor iniciativa, intentando abrir el juego por las bandas, pero Boca logró neutralizar los espacios y llevar el partido a un terreno más cerrado, donde el control emocional y la eficacia terminaron pesando más que la posesión.
La derrota golpea especialmente a River, que llegaba en una racha positiva y sufre su primer revés bajo la conducción de Eduardo Coudet, en el escenario menos tolerante a errores. La lesión temprana de Sebastián Driussi también condicionó el plan ofensivo del conjunto local, que careció de claridad en los metros finales.
En el complemento, el guion no cambió sustancialmente. River empujó con más intensidad que ideas, mientras Boca apostó por la solidez defensiva y el contragolpe, incluso con opciones para ampliar la ventaja, en un cierre donde los reclamos por decisiones arbitrales volvieron a alimentar la polémica habitual de estos enfrentamientos.
Más que tres puntos, el triunfo tiene un peso estructural para Boca, que vuelve a ganar en el Monumental en un contexto exigente y reafirma su capacidad competitiva en partidos de máxima presión, un factor clave en su aspiración de avanzar en el torneo.

