China desafía el cerco de Trump contra Irán

La nueva ofensiva económica de Donald Trump contra Irán amenaza con abrir un frente directo con China. Washington anunció una ampliación de las sanciones destinadas a cortar las fuentes de financiación de Teherán, incluidas medidas contra compañías y ciudadanos de China continental y Hong Kong vinculados, según el Tesoro estadounidense, con operaciones petroleras, transporte marítimo, pagos y adquisición de tecnología sensible para Irán. Pekín respondió este martes advirtiendo que adoptará “las medidas necesarias” para defender sus intereses si las sanciones estadounidenses afectan a empresas chinas.

El problema para Washington es que China constituye el principal salvavidas económico de Irán y, especialmente, el destino fundamental de su petróleo. Parte de ese comercio se mantiene mediante refinerías independientes, intermediarios, operaciones en yuanes y estructuras diseñadas para reducir la exposición al sistema financiero dominado por el dólar. Estados Unidos ya ha sancionado algunas compañías y operadores chinos, pero hasta ahora ha evitado golpear directamente a los grandes bancos estatales, una decisión que refleja el riesgo de convertir el aislamiento de Irán en una confrontación económica mucho mayor con Pekín.

La Administración Trump pretende precisamente cerrar esas vías. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, advirtió que ningún país quedará exento si continúa proporcionando apoyo económico a Teherán. La nueva campaña estadounidense apunta no solo al petróleo, sino también a redes financieras, transporte marítimo, tecnología, activos digitales, oro y otros mecanismos utilizados por Irán para mantener ingresos y acceder a mercados internacionales. Más de 60 personas, empresas y embarcaciones han quedado alcanzadas por la nueva fase de presión.

Pekín considera las sanciones estadounidenses unilaterales y carentes de legitimidad internacional y rechaza que Washington pueda penalizar las relaciones comerciales de empresas chinas con terceros países. La advertencia de represalias introduce además un elemento que Trump difícilmente puede ignorar: China dispone de capacidad para responder en ámbitos sensibles de la relación bilateral, desde el comercio hasta el acceso estadounidense a determinados minerales y cadenas de suministro estratégicas.

La tensión llega en un momento particularmente delicado. Trump y Xi Jinping tienen previsto volver a encontrarse el 24 de septiembre en Washington, apenas cuatro meses después de la cumbre celebrada en Pekín, donde Irán ya figuró entre los asuntos de mayor fricción y China evitó asumir las posiciones que buscaba Estados Unidos. La próxima reunión adquiere ahora una dimensión distinta: Trump pretende utilizar la relación directa con Xi para conseguir que Pekín reduzca el soporte económico que permite a Teherán resistir el aislamiento internacional.

La estrategia estadounidense encierra, sin embargo, una contradicción difícil de resolver. Para aislar verdaderamente a Irán, Trump necesita presionar con mucha mayor intensidad a China; pero hacerlo puede deteriorar una relación que Washington intenta simultáneamente estabilizar. Sancionar pequeñas refinerías, intermediarios y navieras permite aumentar el costo para Teherán sin cruzar todavía esa línea. Golpear grandes bancos o corporaciones estatales chinas supondría otro nivel de confrontación y podría desencadenar represalias económicas de Pekín.

China se convierte así en la pieza que puede determinar hasta dónde llegará realmente el nuevo cerco contra Irán. Washington puede multiplicar sanciones y perseguir las redes utilizadas para mover petróleo y dinero, pero mientras Teherán conserve acceso al mercado chino, su aislamiento tendrá un límite. La cumbre de septiembre pondrá a prueba si Trump consigue que Xi modifique ese cálculo o si, por el contrario, la ofensiva contra Irán termina abriendo un nuevo capítulo de tensión entre las dos mayores potencias económicas del mundo.

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