La prisa electoral ante la parálisis nacional

Guatemala atraviesa un momento crítico en su historia reciente. En las calles, los ciudadanos se debaten a diario frente a una economía asfixiante, donde la inflación y el incremento imparable de los precios de los combustibles merman severamente el poder adquisitivo de las familias. Al mismo tiempo, la inseguridad avanza sin tregua; las extorsiones y la delincuencia común mantienen en vilo a comerciantes y trabajadores que intentan ganarse el pan con honestidad. A este complejo escenario interno se suma un entorno geopolítico internacional sumamente incierto, donde la relación con Estados Unidos está llena de amenazas de posibles aranceles e impuestos a las remesas que envían los paisanos. Sin embargo, frente a este cúmulo de urgencias nacionales, la clase política guatemalteca ha decidido ignorar la realidad del ciudadano. Con un descaro asombroso, los pasillos del poder ya huelen a campaña anticipada; los partidos políticos y sus figuras principales han cerrado las puertas de la gestión pública para dedicarse a tiempo completo a la contienda electoral de 2027.

El abandono de las funciones públicas en aras de la autopromoción es hoy la norma y no la excepción. Un claro ejemplo de este desvío de prioridades lo encarna el diputado Nery Ramos, expresidente del Congreso, quien parece haber relegado su labor de fiscalización y de producción legislativa a un segundo plano. Ramos prefiere pasar sus días de gira por el territorio nacional en constante promoción de su “nuevo proyecto político”, valiéndose del arrastre de figuras del pasado como Alfonso Portillo. En una sintonía similar de autopromoción mediática opera el alcalde de Mixco, Neto Bran, quien ha convertido su gestión municipal en un constante set de filmación y mercadeo digital para posicionar su potencial candidatura presidencial con el partido Creo, mientras los problemas estructurales de su municipio siguen sin resolverse. Para estos personajes, el cargo actual no es un espacio de servicio, sino un simple trampolín publicitario financiado por el contribuyente.

La oportunidad política también ha redefinido las alianzas en el Congreso. Actores que en el pasado reciente tejieron acuerdos estratégicos con el oficialismo hoy se apresuran a morder la mano dudosamente firme que los cobijó. Al ver que el presidente Bernardo Arévalo sufre un marcado desgaste, con encuestas que sitúan su desaprobación en un alarmante 52%, figuras como Samuel Pérez y Luis Aguirre han optado por el distanciamiento y el ataque sistemático. Pérez, artífice de un nuevo comité llamado Raíces, y Aguirre, jefe de bloque de Cabal, buscan desesperadamente sumar puntos de popularidad criticando la pasividad de una gestión que ellos mismos ayudaron a sostener. En este teatro de traiciones, la coherencia ideológica es inexistente; lo único que importa es salvar el propio pellejo y asegurar un espacio de poder en el próximo gobierno.

La impunidad con la que se viola la Ley Electoral y de Partidos Políticos refleja un sistema que ha perdido el rumbo. Roberto Arzú, inhabilitado en la contienda pasada, hoy utiliza de manera flagrante su cargo como “secretario de formación política” en el partido Cabal para realizar proselitismo abierto y campaña anticipada, burlándose de las tímidas advertencias de un Tribunal Supremo Electoral debilitado. Bajo el amparo de títulos burocráticos internos, la vieja guardia política recorre el país ofreciendo falsas promesas, sin importarles que la ley prohíba expresamente estas acciones fuera de los tiempos establecidos.

Esta desenfrenada carrera por el poder tiene su origen en la debilidad de la actual gestión gubernamental. Ante una presidencia tímida y pasiva, incapaz de articular reformas estructurales o de imponer autoridad frente a las mafias, los políticos de siempre han decidido dar por cerrado de antemano este periodo de gobierno. Prefieren pelear por el botín futuro antes de desgastarse resolviendo las crisis de hoy. Mientras tanto, el pueblo guatemalteco se queda solo, una vez más, en la intemperie de una realidad hostil. Los ciudadanos tendrán que valerse por sí mismos, pues de esta clase política hambrienta de poder no llegará ninguna solución real a sus problemas actuales.

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