Semilla se desgasta antes de tiempo

En el gobierno de Bernardo Arévalo hay funcionarios que ya parecen ocupar cargos bajo modalidad de interinato emocional: llegan, anuncian cambios, ofrecen reestructuraciones y desaparecen antes de que la ciudadanía termine de aprenderse sus nombres. La rotación dentro del Ejecutivo ha alcanzado tal velocidad que seguir el mapa de ministros, viceministros y directores empieza a parecer ejercicio de actualización diaria más que seguimiento institucional. Y mientras los relevos se acumulan, el gobierno transmite una sensación cada vez más incómoda: la de una administración que continúa moviendo piezas porque todavía no logra encontrar estabilidad dentro de sí misma.

Un gobierno atrapado en la rotación

En política, los cambios de gabinete pueden interpretarse de dos maneras: como capacidad de corregir errores o como evidencia de que nunca existió un rumbo claro. En el caso del gobierno de Bernardo Arévalo, la segunda explicación empieza a imponerse. Más de 21 relevos ministeriales y más de 60 movimientos dentro del gabinete ampliado ya no son simples ajustes administrativos; reflejan un Ejecutivo incapaz de estabilizar su estructura de poder y sostener continuidad dentro del Estado.

El problema no es únicamente la cantidad de relevos, es la sensación de provisionalidad permanente. Guatemala parece observar un gobierno que, después de más de dos años de administración, todavía continúa acomodándose dentro del aparato estatal. Ministros llegan, anuncian reformas, prometen cambios estructurales y salen antes de consolidar equipos o ejecutar proyectos. La burocracia entra en pausa, las decisiones se ralentizan y el Ejecutivo empieza a transmitir desgaste antes de llegar siquiera a la segunda mitad decisiva de su mandato.

La reciente confirmación de Luis Arturo Mérida como nuevo viceministro de Energía evidencia que la inestabilidad ya alcanzó áreas particularmente sensibles para el país. El Ministerio de Energía y Minas no administra únicamente asuntos técnicos; administra inversión estratégica, conflictos territoriales y seguridad energética nacional. Cuando incluso esos espacios empiezan a operar bajo lógica de rotación constante, la percepción deja de ser la de un gobierno que corrige y empieza a convertirse en la de un gobierno que improvisa.

Pero el desgaste ya no es únicamente administrativo y empieza también a convertirse en un problema político interno. Porque detrás de varios movimientos dentro del Ejecutivo aparece una pregunta cada vez más visible en el oficialismo: quién controla realmente el futuro del proyecto político que llevó a Arévalo al poder.

La fractura entre Arévalo y Samuel Pérez

La ruptura entre Bernardo Arévalo y Samuel Pérez ya no puede esconderse bajo discursos de unidad o diferencias estratégicas menores. Hoy la fractura es visible en el Congreso, en el control político del movimiento y en la construcción paralela de nuevos proyectos alrededor de figuras que alguna vez compartieron el mismo núcleo de poder.

Samuel Pérez, uno de los principales operadores políticos de Semilla y figura central durante la llegada del oficialismo al poder, ahora impulsa la construcción de Raíces, agrupación que busca convertirse en la continuidad electoral del proyecto de cara a 2027. El movimiento ya habría acumulado suficientes adhesiones para avanzar en su inscripción formal, consolidándose como una estructura política propia y separada del círculo más cercano al presidente. Sin embargo, el acelerado crecimiento de Raíces tampoco ha escapado a polémicas. Imágenes y denuncias sobre presuntas entregas de bolsas de alimentos durante jornadas de afiliación empezaron a alimentar cuestionamientos sobre las prácticas utilizadas para acelerar la construcción territorial del nuevo proyecto político, golpeando precisamente el discurso ético que el oficialismo intentó convertir en su principal bandera política.

Ese contexto modifica completamente la lectura de los cambios dentro del Ejecutivo. Porque algunos relevos ya no parecen responder únicamente a desempeño o eficiencia, sino también a alineamientos internos dentro de un oficialismo cada vez más dividido entre quienes continúan orbitando alrededor de Arévalo y quienes empiezan a construir poder alrededor de Samuel Pérez y Raíces.

Y allí aparece uno de los mayores riesgos para Semilla: haber entrado demasiado temprano en lógica preelectoral. El gobierno prometió profesionalizar el Estado y romper con las prácticas tradicionales de la política guatemalteca; sin embargo, empieza a verse atrapado en exactamente las mismas disputas de cuotas, posicionamientos y supervivencia política que durante años criticó desde la oposición.

El Congreso ya piensa en 2027

La fractura oficialista tampoco ocurre en el vacío. Coincide con un Congreso que ya empezó a reorganizarse alrededor de la próxima elección. Diputados migran hacia UNE y CABAL buscando espacios de reelección, mientras nuevas estructuras políticas intentan consolidarse antes de que el desgaste del gobierno termine de profundizarse.

El fenómeno además ya dejó de ser aislado. Reportes legislativos muestran que el período extraordinario del Congreso empezó a convertirse en una especie de temporada de negociación política anticipada, donde diputados utilizan los meses legislativos para asegurar espacios electorales, construir nuevas plataformas y negociar futuras candidaturas rumbo a 2027.

Eso explica por qué cada cambio de ministro o viceministro empieza a interpretarse políticamente como una disputa de influencia y no únicamente como una decisión administrativa. Guatemala ya entró prematuramente en clima electoral, y el oficialismo parece atrapado entre gobernar el país y administrar sus propias tensiones internas rumbo a 2027.

Y en medio de ese reacomodo aparece otra contradicción incómoda para el oficialismo. Mientras Semilla continúa sosteniendo públicamente un discurso de renovación política, sectores cercanos a Samuel Pérez han terminado construyendo entendimientos con figuras tradicionales dentro del Congreso, particularmente alrededor de Luis Aguirre y la bancada CABAL, convertida hoy en uno de los bloques bisagra más determinantes para la aprobación de leyes, presupuestos y negociaciones parlamentarias.

Las fotografías, acercamientos políticos y negociaciones legislativas entre operadores cercanos a Pérez y dirigentes de CABAL empiezan a alimentar una percepción cada vez más difícil de contener: que el oficialismo, lejos de transformar las dinámicas tradicionales del Congreso, terminó adaptándose rápidamente a ellas para sobrevivir políticamente dentro del sistema.

Guatemala todavía no entra oficialmente en campaña electoral, pero el Congreso hace meses que dejó de gobernar pensando en 2026 y empezó a sobrevivir pensando en 2027.

El problema para Arévalo es que, mientras el sistema político se reconfigura, el gobierno transmite debilidad. Y el problema para Samuel Pérez es distinto, pero igual de delicado: el discurso de renovación pierde fuerza cuando Raíces empieza a aparecer menos como una ruptura ética y más como otra operación pragmática de acumulación de poder rumbo a 2027.

La promesa que empieza a erosionarse

El oficialismo todavía conserva capital político importante. Llegó al poder enfrentando estructuras enquistadas, presión judicial y resistencia de sectores tradicionales que intentaron bloquear incluso la toma de posesión presidencial. Pero esa narrativa de resistencia ya no alcanza para explicar todos los errores de gestión ni toda la inestabilidad interna.

Porque el ciudadano común no mide un gobierno únicamente por sus intenciones éticas, sino por su capacidad de gobernar. Y allí aparece la amenaza más seria para Semilla: que la narrativa anticorrupción termine absorbida por la percepción de improvisación, fragmentación y desgaste prematuro.

En América Latina, muchos gobiernos reformistas descubrieron demasiado tarde que ganar legitimidad moral no garantiza capacidad política ni cohesión interna. El riesgo para Arévalo y Samuel Pérez es terminar demostrando exactamente eso: que el movimiento que prometía transformar el sistema terminó consumido por las mismas disputas de poder que decía combatir.

Y quizás allí reside la mayor ironía política del momento. Semilla llegó al gobierno prometiendo romper con la política tradicional guatemalteca. Dos años después, empieza a parecerse peligrosamente a ella.

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