La primera gran decisión de Gabriel Estuardo García Luna como nuevo fiscal general no fue menor ni simbólica: la clausura de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI), una de las estructuras más influyentes y polémicas del Ministerio Público durante los últimos años. El anuncio fue realizado en su primera conferencia apenas horas después de asumir oficialmente la jefatura del MP, marcando desde el inicio una línea de ruptura con la administración de Consuelo Porras.
García Luna justificó la decisión argumentando que la FECI perdió la confianza ciudadana y dejó de cumplir con los estándares de credibilidad necesarios para continuar operando. La fiscalía entrará en proceso de liquidación a partir del 18 de mayo y sus expedientes deberán ser redistribuidos dentro de otras estructuras del Ministerio Público.
La decisión tiene una carga política enorme dentro del sistema de justicia guatemalteco. Durante años, la FECI fue vista como el principal brazo anticorrupción del país durante la permanencia de la CICIG. Sin embargo, tras la salida de la Comisión y especialmente bajo la dirección de Rafael Curruchiche, la fiscalía terminó convirtiéndose en uno de los principales focos de confrontación política e institucional del país.
Bajo Curruchiche, la FECI encabezó investigaciones contra fiscales anticorrupción, jueces, periodistas, magistrados electorales y actores vinculados al proceso electoral de 2023, acciones que derivaron en fuertes cuestionamientos internacionales y sanciones impuestas por gobiernos extranjeros. Para críticos del Ministerio Público, la fiscalía dejó de representar una estructura anticorrupción y pasó a simbolizar el uso político de la persecución penal.
La clausura anunciada por García Luna intenta enviar una señal clara de reorganización institucional, pero también abre nuevas interrogantes. Hasta ahora no existe claridad sobre qué ocurrirá con los casos activos de la FECI ni qué estructuras absorberán investigaciones relacionadas con corrupción, redes político-empresariales y crimen organizado.
El nuevo fiscal general también adelantó revisiones internas y prometió reconstruir un Ministerio Público “herido”, insistiendo en conceptos como independencia, objetividad y transparencia. El tono de sus primeras declaraciones refleja un intento de proyectar una nueva narrativa institucional después de años de desgaste y confrontación política alrededor del MP.
Otro elemento que comienza a llamar atención es el equipo que García Luna empieza a construir dentro de la nueva administración. Entre los nombres más relevantes aparece Salvador Guzmán Cermeño, quien dirigirá la política criminal del Ministerio Público, además de otros perfiles vinculados al ámbito académico, judicial y técnico cercanos al nuevo fiscal general. La conformación de este círculo cercano parece apuntar a una estrategia de reorganización interna basada en perfiles menos confrontativos y más orientados a reconstrucción institucional, aunque todavía persiste expectativa sobre el rumbo que tomará el nuevo equipo frente a casos políticamente sensibles.
La liquidación de la FECI termina convirtiéndose así en mucho más que una reestructuración administrativa. Representa el primer gran movimiento político e institucional de la nueva administración y posiblemente el intento más visible hasta ahora de redefinir el rumbo del Ministerio Público después de una de las etapas más polarizadas y cuestionadas de su historia reciente.

