La tortilla robada: Por qué nuestro hambre es su mayor crimen

En las cumbres nubladas del Quiché y en las calles pesadas de la Zona 18, el sonido de Guatemala al despertar es el mismo: el rítmico palmeo de la masa. Pero últimamente, ese sonido se está apagando. La Canasta Básica ya no es una lista de víveres; se ha convertido en el mapa de nuestra desesperación.

Cuando el precio del quintal de maíz sube por las nubes, o cuando el galón de combustible cuesta más que una jornada entera de sudor en el campo, las élites en sus torres de cristal de Cayalá lo llaman “fluctuaciones del mercado global”. Nos hablan con el lenguaje frío de los porcentajes y la macroeconomía.

Pero nosotros sabemos la verdad. Lo sentimos en el vacío del estómago.

Nuestro hambre no es un “acto de Dios” ni un simple cambio en la bolsa de valores. Es un robo calculado. Cada quetzal que debía pavimentar la carretera desde la finca hasta el mercado —esa ruta que hoy es un cementerio de baches— fue robado para comprar una mansión en Miami. Cada centavo destinado a riego o apoyo agrícola fue desviado hacia las “comisiones” de un contrato tranza.

El peso del ladrón invisible

Cuando un padre guatemalteco tiene que mirar a su hija a los ojos y decirle que hoy no alcanza para la leche, no solo está luchando contra la pobreza. Está luchando contra un fantasma. Está luchando contra el político que vendió el alma del país a cambio de una mordida.

  • El precio de la impunidad: Pagamos la corrupción de ellos cada vez que compramos una bolsa de frijoles.
  • El costo del silencio: Ellos se alimentan de nuestro cansancio. Apuestan a que, si estamos demasiado ocupados sobreviviendo, estaremos demasiado agotados para resistir.

El poder de las mayorías

Las élites corruptas —ese “Pacto de Corruptos”— tienen muchas cosas. Tienen a la policía, tienen a jueces vendidos y tienen sus millones mal habidos. Pero les falta lo único que mantiene a este país respirando: la dignidad del trabajador.

Ellos son unos pocos cientos. Nosotros somos diecisiete millones.

Ellos tiemblan cuando nos damos cuenta de que el maíz que han encarecido es el mismo maíz con el que nuestros abuelos levantaron una civilización. Temen el momento en que dejemos de ver el hambre del vecino como un problema ajeno y empecemos a verla como nuestra batalla colectiva.

La lucha por la Canasta Básica no es solo por comida. Es por reclamar nuestro derecho a un futuro donde nuestro sudor no sirva para pagarles el champán. El poder para romper este ciclo no reside solo en una urna que ellos ya intentaron amañar; reside en las calles, en los mercados cantonales y en la negativa a aceptar que el hambre de un niño sea “normal”.

Nos han robado el pisto, las carreteras y las medicinas. No permitamos que nos roben la esperanza. Es hora de recordarles que, aunque ellos se crean dueños de la tierra, somos nosotros quienes la hacemos florecer.

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