La jornada electoral del domingo 12 de abril en Perú se desarrolló entre alta expectativa, fragmentación política y retrasos logísticos, en unos comicios considerados decisivos para un país marcado por la inestabilidad institucional y la desconfianza ciudadana tras años de crisis política. Más de 27 millones de peruanos fueron convocados a las urnas para elegir presidente, Congreso bicameral y Parlamento Andino, en una elección con más de 30 candidatos presidenciales, una de las más dispersas de la historia reciente.
Los primeros resultados y sondeos de salida mostraron un escenario sin ganador claro. Keiko Fujimori lideraba inicialmente con alrededor de 16,6%, seguida por otros candidatos con porcentajes cercanos, lo que confirmaba desde temprano la probabilidad de una segunda vuelta electoral, prevista para junio, ante la imposibilidad de que alguno alcance el 50% necesario para ganar en primera ronda.
Sin embargo, con el avance del conteo oficial, la tendencia se mantuvo fragmentada. Resultados preliminares indicaban que Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori se disputaban los primeros lugares, con porcentajes aún bajos debido a la dispersión del voto, mientras persistía la incertidumbre sobre quiénes pasarían a la segunda ronda.
La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) informó que el conteo avanzaba de forma progresiva, con más del 20% de actas contabilizadas durante las primeras horas, mientras la mayor parte del escrutinio seguía pendiente, reflejando la complejidad del proceso y la necesidad de esperar resultados más sólidos.
La jornada estuvo marcada por retrasos en la instalación de mesas y problemas logísticos, lo que obligó a extender la votación en algunas zonas, una situación que generó críticas sobre la organización electoral en un país que ha vivido una sucesión constante de crisis políticas.
El contexto electoral estuvo dominado por la inseguridad ciudadana, la corrupción y la inestabilidad institucional, factores que explican el alto número de candidatos y la falta de una figura dominante, en un país que ha tenido múltiples presidentes en pocos años y donde el descontento ciudadano sigue siendo elevado.
El resultado preliminar confirma un escenario de fragmentación extrema, en el que ningún candidato logra consolidar liderazgo claro, mientras Perú se encamina hacia una segunda vuelta que definirá no solo al próximo presidente, sino la posibilidad de estabilizar un sistema político que continúa en tensión permanente.

